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13 / 10 / 2026
Identidad y cultura

El café de la mañana, un tlacoyo y una valiosa conversación: Doña Luisa Ayala, del barrio de Santa Cruz

Doña Luisa era una señora del barrio de Santa Cruz, criada en el campo. De esas mujeres hechas por la tierra y por el trabajo.

Hay personas que no sólo alimentan el cuerpo: también le dan de comer a la memoria. Doña Luisa Ayala era de esas mujeres que uno no podía visitar sin salir un poco más abrigado por dentro, como si entre el olor del humo, el café de olla y el maíz recién cocido también se nos quedara prendida una forma más humana de mirar la vida. En el barrio de Santa Cruz, su cocina de humo en el traspatio no era únicamente un lugar para preparar tlacoyos; era, para quien supiera llegar con respeto y con tiempo, una especie de umbral secreto hacia la historia viva de Tepoztlán.

Yo la recuerdo con un cariño muy personal, de esos que no se explican del todo porque se quedan en el pecho. Doña Luisa estaba junto al tlecuil, atenta al comal, a la leña, al fuego, a su metate, a la masa, como si cada tlacoyo llevara dentro una pequeña ceremonia. Y mientras servía el café de olla o el té de canela, no ofrecía sólo alimento: ofrecía conversación, de esa conversación que no se improvisa, porque nace de haber visto pasar los años, los cambios del pueblo, las alegrías y las pérdidas, las costumbres que se van, las que resisten y las que vuelven disfrazadas de nostalgia.

Doña Luisa era una señora del barrio de Santa Cruz, criada en el campo. De esas mujeres hechas por la tierra y por el trabajo. Sembraba su milpa, conocía el tiempo de la siembra y de la cosecha. Vendía esos tlacoyos tan ricos de chales, requesón y frijol, acompañados de un café de olla o el té de canela, de ese que sabía a hogar, a paciencia y a vida bien vivida. Ir a visitarla era un gusto grande, no sólo por lo sabroso de lo que preparaba, sino por la calidez con que recibía. Uno llegaba como visitante y terminaba sintiéndose parte de la casa, parte de la conversación, parte de la memoria.

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La cocina de Doña Luisa en 2026.

Con ella se podía hablar de muchas cosas, pero siempre se terminaba hablando de Tepoztlán; de sus calles, de sus barrios, de sus antiguas maneras de vivir, de la gente que sembraba, cocinaba, caminaba y celebraba con una naturalidad que hoy nos parece casi un milagro. Doña Luisa contaba la historia del pueblo sin ponerse solemne; la contaba como quien desgrana una mazorca, con paciencia y con verdad. Y en esa forma suya de narrar estaba la sabiduría más fina, no la de los libros solamente, sino la que se aprende mirando a la gente, escuchando al monte, entendiendo el tiempo.

Yo guardo especialmente sus vivencias de infancia, sus recuerdos del campo, de los carnavales y de las luchas sociales del pueblo tepozteco. Escucharla era como abrir una ventana a otro Tepoztlán, uno más duro en muchas cosas, pero también más unido, más comunitario, más consciente de sí mismo. Doña Luisa hablaba con esa fuerza serena que tienen las personas de buena madera: sin alardes, sin fingimientos, con una honestidad que se sentía de inmediato. Tenía un gran corazón, y se le notaba en todo, en cómo miraba, en cómo servía, en cómo escuchaba.

He participado en tres luchas para defender Tepoztlán y he pertenecido a ‘la Mujer Tepozteca”, ahí nos reuníamos para definir cómo participar en la lucha; ahí decidimos marchar en Cuernavaca con nuestras cacerolas, cuando lo del Club de Golf.

Yo creo que en cada taza de café y cada tlacoyo que ella servía iba también una lección de pertenencia. Porque su cocina no era ajena a la vida del barrio: era barrio hecho fuego, voz y sustento. Allí uno entendía que la historia de un pueblo no sólo se escribe con fechas y nombres, sino con manos como las de Doña Luisa, con mujeres que sostienen la comida y la palabra, con hogares que conservan, a su modo, la dignidad de lo cotidiano.

Por eso, al recordarla, no pienso únicamente en los tlacoyos —aunque eran deliciosos, y eso basta para admirarla—, sino en la manera en que nos hacía sentarnos a su alrededor como si estuviéramos en presencia de algo antiguo y necesario. Su cocina de humo era un lugar donde se aprendía sin darse cuenta. Ahí la memoria se servía humeante, donde el pasado no era una reliquia sino una presencia viva, cercana, generosa.

Doña Luisa me dejó esa certeza: que hay personas cuya grandeza no hace ruido, pero sostiene. Y que a veces una conversación sencilla, acompañada de un café de olla y un tlacoyo salido del comal, puede valer tanto como un libro entero sobre la historia del pueblo. Porque en ese encuentro de sabores y palabras, Tepoztlán se nos revelaba más entero, más íntimo, más nuestro.

Hoy, cuando pienso en ella, la imagino todavía en su tlecuil, cuidando el fuego como quien cuida una herencia. Y me parece que su voz sigue ahí, entre el humo y la mañana, recordándonos que la memoria también se alimenta, y que hay cocinas que, sin proponérselo, resguardan el alma de un lugar. Yo, sinceramente, la recuerdo con mucho afecto, como se recuerda a alguien que dejó huella no sólo en el estómago, sino en el corazón.

Doña Luisa dando tierra a la milpa, 2015.

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Alan Cortés
Alan Cortés
Abogado, docente, escritor, opinador, tepozteco.
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